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18 mar. 2015

SEÑOR, QUE MANDÁIS HACER DE MI

Celebrar en España cualquier acontecimiento eclesial en este Año Jubilar Teresiano nos lleva a buscar en la palabra de santa Teresa aquella luz que ella recibió para la Iglesia.
Ser ministro ordenado en esta Iglesia de Cristo en el corazón de Teresa es descubrirse como «siervo del amor», y haberle dado a Dios la honra (cf. V 11, 1-4). Es determinarse a ser pobres, no buscando en el ministerio el camino no solo para que no falte lo necesario, sino incluso lo superfluo. Olvidar que tal puesto no lo es para granjear privilegios. Abrirse a una voluntad que nos envuelve en esa realidad que es hacerse «siervos del amor». Alcanzar esta meta es fruto de una intensa vida de gracia, que nace de la propia determinación personal, abierta a Dios, y de saberse alentado por aquellos miembros de la Iglesia que viven el ministerio ordenado como una gracia para la iglesia. Descubramos desde santa Teresa estas dos facetas.

Acercarse a las páginas del Camino de Perfección en las que Teresa desvela su propósito fundacional, «Orar por los capitanes de este castillo» (CE 3, 2), no siempre puede traducirse en una situación idéntica a la nuestra, por ello su descripción, siempre viva y realista, se puede ampliar a momentos presentes, sin tergiversar su sentido. Quien duda de que teólogos y letrados lo estaban, como bien nos lo dice la santa, en las religiones. Eran ministros ordenados en el seno de las Órdenes religiosas. El impulso dado a la formación del clero a partir de Trento nos permite aplicarlo hoy a quienes en la Iglesia se preparan para el ministerio ordenado con una seria formación teológica. Solo así, entiende santa Teresa, se convertirán en
ese brazo eclesiástico que valdrá más en la lucha, contra la herejía luterana tal y como se vivía en aquella Iglesia de Castilla, cuya corona ostentaba Felipe II, y que hoy lo es frente a un mundo ajeno
al seguimiento de Jesús, por una vida verdaderamente evangélica. Nuestro tiempo necesita también ministros ordenados que puedan ser garantía para la Iglesia de una victoria frente a las realidades que destruyen la verdadera fe en nuestro mundo. No es presunción la que lleva a santa Teresa a lograr su intento, sino la convicción de que una vida retirada y contemplativa como la suya ha de asociarse en la oración a aquellos capitanes que ella entiende sirven a la Iglesia con su arrojo en la batalla: «Pensáis, hijas mías, que es menester poco para tratar con el mundo y vivir en el mundo y tratar negocios del mundo, y hacerse como he dicho a la conversación del mundo, y ser en la interior extraños del mundo y enemigos del mundo y estar como quien está en destierro, y en fin, no ser hombres sino ángeles» (CE 3, 4). El proyecto teresiano no ha surgido como relámpago en una noche oscura, sino que ha sido largamente madurado. Ahora que comprende bien para qué las juntó el Señor, sabe también, pues fue su caso, que es la dinámica de una oración responsable, con fuerte determinación, la que puede llegar a forjar vidas auténticamente despegadas de sí y de las realidades de este mundo. No es de extrañar, pues, que se pida hoy en la Iglesia, que quiere ser verdadero misterio de comunión y vida, un serio compromiso con los pobres, nacido de un auténtico aprecio del desprendimiento y la pobreza. Es bueno recordar, de la mano de Teresa, que esta valoración
de la vida desprendida de falsa honra y riquezas se alcanza como gracia y don de Dios. 

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