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31 ago. 2013

LUMEN FIDEI

El papa Francisco ha dedicado su primera carta encíclica, a la fe –Lumen fidei– en continuidad con las dos precedentes de Benedicto XVI, que tuvieron como tema principal la caridad y la esperanza. El documento hay que situarlo en el contexto del Año de la Fe.
Una primera lectura nos sitúa en la clave, tan frecuentemente evocada por el papa Francisco, de la experiencia de “salir” de uno mismo para ir al encuentro con Dios y con el hermano. “Seguir, acompañar a Cristo, permanecer con Él exige salir. Salir de sí, de la tentación de encerrarse en los propios esquemas que acaban por cerrar el horizonte de la acción creativa de Dios”, ha predicado en varias ocasiones. El Papa vuelve a la misma idea, sin que se pueda reducir el contenido de la Encíclica a este único argumento. Sin embargo, vale mucho la pena hacer una reflexión transversal desde esta clave.

Las breves pinceladas sobre la historia de la salvación, desde Abrahán hasta Jesús, iluminan la experiencia misionera del “salir”. Como en el caso de Abrahán, cada vocación misionera es la experiencia del despojamiento de uno mismo para partir al encuentro con el Señor, con el hermano, en cuyo rostro se refleja la imagen de Dios. La fe requiere la renuncia a la seguridad y posesión inmediata que ofrece la visión, para abandonarse en Dios. Y, al contrario, “cuando el hombre piensa que alejándose de Dios se va a encontrar consigo mismo, su existencia fracasa” (n. 19).
La fe ofrece al creyente la posibilidad de mirarse y contemplar el mundo desde la perspectiva de Jesús. Es la tarea fundamental del misionero, al proclamar la Palabra y anunciar el Evangelio. Brinda la posibilidad de captar el significado profundo de la realidad y descubrir cuánto ama Dios al mundo y a la humanidad. Entonces, dice la encíclica, “la existencia del hombre se dilata más allá de sí mismo, porque el hombre se descubre en relación con el resto de los hermanos” (n. 22). Desde este ámbito eclesial, la fe abre a cada cristiano a todos los hombres. Por eso la fe nunca será un refugio para los pusilánimes, sino que ensancha la vida hasta “descubrir una gran llamada, la vocación al amor, y asegura que este amor es digno de fe, que vale la pena ponerse en sus manos, porque está fundado en la fidelidad de Dios, más fuerte que todas nuestras debilidades” (n. 53).
Así, el misionero, llamado por vocación a transmitir la fe, sale al encuentro de aquellos hombres y mujeres de buena voluntad, dispuestos a abrir el corazón al amor, que de alguna manera se han puesto en marcha hacia la verdad y, sin saberlo, “ya están en el camino de la fe”. Es el caso, señalado en la encíclica, de quienes buscan a Dios desde la confesión de otras religiones. Entonces, la fe se convierte en instrumento de mediación y de diálogo. De nuevo vuelve la referencia al hecho de “salir”, cuando afirma que “el hombre religioso está en camino y ha de estar dispuesto a dejarse guiar, a salir de sí para encontrar al Dios que sorprende siempre” (n. 35).
Si el que está en disposición de conocer la verdad ya se encuentra en la senda de la luz de la fe, el que tiene experiencia de haber conocido a Dios “no puede retener este don para sí”; está llamado a ir al encuentro del otro para transmitirle la fe por contacto, “de persona a persona, como una llama enciende otra llama” (n. 37).
Anastasio Gil,
Director Nacional de OMP
Tribuna Misionera, Revista Misioneros Tercer Milenio, Verano 2013

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