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18 feb. 2015

MIERCOLES DE CENIZA, FORTALECED EL CORAZON

El Papa Francisco pide "a todos que este tiempo de Cuaresma se viva como un camino de formación del corazón, como dijo Benedicto XVI (Deus caritas est, 31)". Para ello pide que el pueblo de Dios se renueve "para no ser indiferente y para no cerrarse en sí mismo" ya que "la Iglesia por naturaleza es misionera".
Una de las constantes del Papa es la llamada a un esfuerzo continuo por la renovación eclesial en todos los ámbitos y aspectos. En el Mensaje para la Cuaresma 2015 propone combatir lo que –con expresión ya típica suya- denomina "la globalización de la indiferencia". El Papa propone tres pasajes bíblicos para orientar la tarea de la renovación de la Iglesia y combatir la indiferencia: 1. «Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26) – La Iglesia; 2. «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9) – Las parroquias y las comunidades; 3. «Fortalezcan sus corazones» (St 5,8) – La persona creyente.

A la Iglesia el Papa le recuerda que: "Dios no es indiferente al mundo […] Y la Iglesia es como la
mano que tiene abierta esta puerta mediante la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos, el testimonio de la fe que actúa por la caridad (cf. Ga 5,6)". La Iglesia está llamada a testimoniar la caridad de Dios que ofrece con sus enseñanzas, con los sacramentos y con su testimonio. Pero ciertamente "sólo se puede testimoniar lo que antes se ha experimentado". Por eso dice que "El cristiano es aquel que permite que Dios lo revista de su bondad y misericordia, que lo revista de Cristo, para llegar a ser como Él, siervo de Dios y de los hombres". El Papa invita a que la Cuaresma sea "un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y así llegar a ser como Él. Esto sucede cuando escuchamos la Palabra de Dios y cuando recibimos los sacramentos, en particular la Eucaristía".
A las comunidades cristianas el Papa lanza estas incisivas e inquietantes preguntas: "En estas realidades eclesiales ¿se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada? (cf. Lc 16,19-31)". Las comunidades eclesiales son la realización de la Iglesia universal en los lugares concretos y en las sociedades y las culturas humanas. Por ello deben participar del dinamismo del amor universal de Dios y de la Iglesia. El Papa pide "superar los confines de la Iglesia visible en dos direcciones": Unirse a la Iglesia del cielo en la oración y  "cruzar el umbral que la pone en relación con la sociedad que la rodea, con los pobres y los alejados".
Finalmente el Papa habla a todos los cristianos y nos da indicaciones para "no dejarnos absorber por esta espiral de horror y de impotencia": orar en la comunión de la Iglesia terrenal y celestial; ayudar con gestos de caridad, llegando tanto a las personas cercanas como a las lejanas, gracias a los numerosos organismos de caridad de la Iglesia; finalmente, acoger el sufrimiento del otro ya que "constituye un llamado a la conversión, porque la necesidad del hermano me recuerda la fragilidad de mi vida, mi dependencia de Dios y de los hermanos". De esta manera pidiendo a Dios y aceptando nuestros límites "confiaremos en las infinitas posibilidades que nos reserva el amor de Dios. Y podremos resistir a la tentación diabólica que nos hace creer que nosotros solos podemos salvar al mundo y a nosotros mismos".
Como cristianos hemos de resistir la tentación "que nos hace creer que nosotros solos podemos salvar al mundo y a nosotros mismos". El Mensaje, por eso, concluye con la invitación a la oración unánime de la Iglesia a Cristo: "Haz nuestro corazón semejante al tuyo". Es la manera que propone el Papa para tener "un corazón fuerte y misericordioso, vigilante y generoso, que no se deje encerrar en sí mismo y no caiga en el vértigo de la globalización de la indiferencia". La oración también despertará el corazón para oír "el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan". Así la Iglesia recuperará su ímpetu misionero "ya que es enviada a todos los hombres" y debe salir al encuentro de ellos "hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1,8)".



Juan Martínez
Obras Misionales Pontificias




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